Por Yadira Hidalgo González
Braceros, Mojados, Ilegales…
En su mayoría son mexicanos, pero también hay centroamericanos e incluso de los países del sur. Son hombres y mujeres -muchos con sus hijos a cuestas- quienes atraídos por un sueño que pocos consiguen materializar, cruzan diariamente hacia “el otro lado”, como le decimos en México a Estados Unidos.
Pero por muy difícil que sea hacerse con el sueño americano, cualquier cosa es mejor que quedarse a vivir en un país en el que el empleo, los salarios y hasta las esperanzas escasean. Por ello la ola de empobrecidos no duda en intentar cruzar la frontera a pesar de las duras condiciones del viaje que incluyen temperaturas extremas, humillaciones a su integridad física y emocional y obviamente, el riesgo de dejar la vida en el intento.
Los datos oficiales del gobierno mexicano indican un promedio de 500 mil cruces al año, sin embargo, datos de organismos de derechos humanos y del Instituto de Naturalización e Inmigración de EU, elevan esta cifra a 900 mil cruces anuales.
Esta persistencia de cientos de miles tiene un complejo origen en las desgastadas economías latinoamericanas, marcadas por décadas de malos gobiernos y corrupción. Sin embargo la constante demanda de mano de obra en los sectores agrícola, industrial y de servicios en la Unión Americana, ha establecido ese doble juego en el que los trabajadores inmigrantes son al mismo tiempo indeseables, pero necesarios.
Las consecuencias de cerrar las puertas
La crisis económica que padeció México en 1995, -un año después de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte- disparó las cifras de inmigrantes indocumentados que intentaron cruzar la frontera. Por ello, Estados Unidos se puso en guardia y prácticamente militarizó la frontera entre Estados Unidos y México a través del plan conocido como Operation Gatekeeper, una de las iniciativas de cierre de fronteras con más presupuesto y apoyo asignados en la historia.
De esta manera, la patrulla fronteriza, encargada de la cacería de Aliens latinoamericanos vio cómo su presupuesto habitual de 374 mdd casi se triplicó a 952 mdd, y su número de agentes, encargados de “cazar” ilegales, se elevó a 8200 efectivos.
Los habitantes de las zonas urbanas colindantes entre México y Estados Unidos vieron “crecer” cercas de acero, y los indocumentados se enfrentaron a los detectores de movimiento y sonido y a los telescopios infrarrojos para detección nocturna. Nuevos y relucientes helicópteros sobrevolaron zonas imposibles de alcanzar a pie, listos para cazar a la “amenaza inmigrante” como si se tratara de un poderoso ejército que amenazara la soberanía del país del norte.
Los datos señalan que desde que Operation Gatekeeper se puso en marcha en 1994, sólo se alcanzó a reducir un 1.2% de la migración ilegal anual y que, de 1995 a finales del 2004, más de 3 mil personas han muerto en el intento de alcanzar un salario en dólares americanos.
Debido al reforzamiento de la vigilancia en las zonas urbanas, los trabajadores indocumentados comenzaron a buscar nuevas rutas para acceder a los EU. Aquellas que resultaron las menos vigiladas, también resultaron las más peligrosas. Tal es el caso de la zona conocida como “El corredor de la muerte”, que comprende el área desértica entre Arizona y Sonora. En ella han perecido cientos de inmigrantes quienes sucumbieron ante las rigurosas condiciones del desierto.
Así mismo, La zona montañosa conocida como “La Rumorosa”, ubicada entre Tecate y Mexicali, que según expertos es un poco menos difícil de andar que escalar el monte Everest, también se ha convertido en la tumba de muchos indocumentados desorientados o abandonados por los polleros y coyotes, como se les llama en México a los traficantes de personas.
Han sido estos uno de los grupos más beneficiados con el reforzamiento de la vigilancia en la frontera, pues debido a las nuevas dificultades para ir y venir, los inmigrantes se arriesgan cada vez menos, lo que ha significado un incremento en la tarifa de cruce, que actualmente oscila entre los 800 y 2 mil dólares, sin más garantía que ponerlos en suelo estadounidense. De esta manera, la migración, que mantenía un carácter cíclico de ida y vuelta, se volvió cada vez más permanente.
Así, a pesar de la militarización de la frontera, la inmigración continuó fluyendo al país del norte dejando en claro que el hambre y la pobreza son factores más decisivos que miles de agentes armados hasta los dientes.
“Qué lejos estoy del suelo donde he nacido…”
Canción popular mexicana
En los estados de Michoacán, Guanajuato, Jalisco y México, existen poblados enteros habitados sólo por mujeres, niños y ancianos. Los hombres jóvenes han emigrado y son ellos los que, contratados por patrones estadounidenses con salarios tres veces menores a los ofrecidos a trabajadores nativos, sin ninguna prestación o pago por horas extras, mantienen a flote la economía de este país.
En el 2005, las remesas en divisas enviadas por los mexicanos que trabajan en Estado Unidos casi alcanzaron los 20 mil mdd, convirtiéndose en la principal fuente de ingresos para el país, superando a lo obtenido por la venta de petróleo.
Hasta principios del año 2000, se pensaba que quienes emigraban a los Estados Unidos eran los campesinos que han visto mermadas sus posibilidades de hacer producir al rico campo mexicano. Pero eso ha cambiado.
Si antes los emigrantes pertenecían en su mayoría a la población rural que no alcanzaba el séptimo año de escolaridad, ahora muchos de ellos pertenecen a las grandes zonas urbanas e incluso han ido a la Universidad. Debido a ello, en México ya se empiezan a predecir las consecuencias de la “fuga de cerebros”.
Cada año, más entidades de la República mexicana se suman al fenómeno migratorio y por ello, estados que en el pasado no contaban con una tradición migratoria como Morelos, Puebla, Hidalgo, Veracruz y el Distrito Federal han engrosado la cifra de más de 8 millones de mexicanos que residen y trabajan en Estados Unidos, equivalentes al 3% de la población total de EU.
Pero a pesar de la gran cantidad de mexicanos en “el otro lado” y de las remesas que envían, los últimos datos señalan que éstas apenas cubren las necesidades básicas de sus familias, como alimento, vestido y salud y que muy poco de ellas se invierte en ahorros o en la creación de empresas, debido principalmente al encarecimiento de la vida en los estados con más población emigrante.
La timidez de El zorro
Quienes emigran los hacen por necesidad, arriesgan su vida en el intento y no tienen más certidumbre que la incertidumbre. El hacinamiento, la pobreza, la soledad y la explotación son las únicas seguridades. Si consiguen enviar dinero a sus hogares la operación será costosa y de desventaja para los suyos al hacer el cambio de moneda. A pesar de ello, todo es mejor que quedarse.
Los emigrantes se han convertido en los héroes nacionales de un México empobrecido, cuyo presidente, Vicente Fox, quien ha mostrado abiertamente su apoyo y simpatía al gobierno estadounidense, no ha recibido más que desaires y portazos cuando, tímidamente, ha querido plantear un acuerdo migratorio entre México y Estados Unidos. Así, el gobierno mexicano continúa enmarañado en la red de un servilismo del que sólo ha conseguido humillaciones internacionales.
La iniciativa de ley que pretende convertir en criminales a los mexicanos indocumentados y a quienes les den cualquier tipo de asistencia, así como construir un muro de 1200 kilómetros en la frontera entre México y Estados Unidos, ha sido el último capítulo de una historia que no se ha escrito a favor de sus principales protagonistas.
El muro y la ley que lo promueve han hecho derramar mucha tinta y protestas airadas, ya no sólo de organizaciones civiles, sino también de un México humillado y más conciente de los derechos de aquellos que van jugándose el todo por el todo.
Ha sido la muerte de Guillermo Martínez, inmigrante de 20 años quien recibió un tiro por la espalda de un agente fronterizo el pasado 30 de diciembre, lo que ha provocado la respuesta más airada, en términos diplomáticos, del gobierno del presidente mexicano Vicente Fox. Sin embargo, en términos humanos ésta ha sido insuficiente, tibia, tímida, cobarde.
Será a principios de este 2006, que la iniciativa de ley HR4437 será aprobada o no por el gobierno estadounidense quien por un lado, se ha mostrado interesado en un acuerdo de trabajadores temporales, mientras que al mismo tiempo se ha dejado presionar por el lado más conservador e influyente de su empresariado, que apoya abiertamente la ley anti inmigrante.
Los más optimistas dicen que esta ley no prosperará pues tiene a todos los ojos del mundo en contra. Sin embargo ya hemos sido testigos de que un no mundial para los que se creen gobernantes del mundo, no basta.
La luz al final del túnel
Impulsar las economías latinoamericanas para que brinden oportunidades reales de desarrollo a sus ciudadanos, o pactar un acuerdo migratorio de carácter integral que acepte la contribución económica de la fuerza externa y en el que deje de subrayarse solamente los aspectos “negativos”, dictados por el argumento de la Seguridad Nacional de EU, parecen objetivos inasibles.
Sin embargo, la situación geopolítica que se está gestando en Latinoamérica con el triunfo y la reafirmación de líderes contrarios a la ideología neoliberal impuesta por EU en países como Chile, Uruguay, Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador y Bolivia, está despertando la esperanza de la generación de cambios favorables para los ciudadanos de esos países y se vislumbra como una tímida luz al final de un túnel.
En la lista de esos cambios, destaca la necesidad y la obligación impostergable del futuro presidente de México de negociar un acuerdo migratorio favorable para los millones de mexicanos que sostienen la economía de este país, lo que tendrá que hacerse tomando en cuenta la complejidad del problema, sus matices, su desarrollo y su origen.
Por ello lo que pueda plantearse como una posible solución o acuerdo, deberá necesariamente basarse en la utilización de una de las virtudes más difíciles y complejas de asumir, la voluntad.