CRÓNICA. Los riesgos del trabajo*
Por Yadira Hidalgo

Aquella mañana de 6 de enero, Manuela Gogu metió su cuerpo de 15 años en unos desteñidos tejanos de campanas deshilachadas y se cubrió con un jersey y una chaqueta deportiva muy usados, que no parecían apropiados para encarar el frío del invierno parisino. Pero Manuela sabía que para echar a correr cuando tuviera que hacerlo, era mejor ir lo más liviana posible, y ya de por sí su cuerpo rechoncho parecía ser un peso suficiente.
Ne tentez pas les pickpockets, se lee en cada uno de los monitores adosados al techo de las líneas del metro de París. La repetición insistente del aviso hace suponer que ahí tienen un serio problema con los carteristas, pero nunca se nos pasa por la cabeza que se pueda llegar a ser la víctima del día.

Manuela estuvo como siempre dando reiteradas vueltas por el metro. Aquella mañana eligió como centro de operaciones la línea 1 en la parada del Mussé d’ Orsay que muchos turistas frecuentan para admirar las obras de los impresionistas como Monet, Renoir, Matisse, Gauguin… nombres que para Manuela no se distinguen de aquellos impresos en las tarjetas de identidad y los pasaportes que invariablemente acompañan el dinero que logra extraer de las billeteras de sus víctimas.
Cuando las vio venir, supo que era el momento. Las dos turistas latinoamericanas no dejaban de parlotear y subían las escaleras sin poner mucha atención a sus pertenencias. Una de ellas llevaba distraídamente su bolso viajero colgando a la espalda, error que Manuela aprovechó para utilizar la discreta y fina gracia que hace de los carteristas unos magos en el arte de la desaparición. Realmente fue un trabajo fácil y limpio. De no ser por el par de policías vestidos de civil que llevaban más de 20 minutos con la vista puesta en Manuela, el primer robo del día le hubiera reportado unos nada despreciables 90 euros. Lo más seguro es que ni siquiera alcanzó a pensar en qué iba a hacer con ellos.
Cuando dio la vuelta para coger el primer metro, un brazo fuerte le ordenó Arretez! ¿Qué hace una adolescente rumana cuando el propietario de un brazo enorme la detiene en ese tono después de haber extraído una cartera unos minutos antes de la bolsa de una turista? Manuela se echó a llorar. Y lloró con más ganas cuando encontraron a la dueña de la cartera robada, que venía explicando en un atropellado francés cómo se había dado cuenta del robo mientras repetía incontables veces merci beaucoup, merci beaucoup!

Manuela, las turistas y los policías, subieron a la patrulla y se encaminaron a la comisaría. ¿Vives con tus padres?, ¿Vas a la escuela? La chica lloraba serenamente sin responder. Los demás ocupantes dieron por sentado que no entendía el idioma y empezaron a hablar de ella y de los que son como ella. En un acto de dignidad, Manuela dijo en perfecto francés que ella era menor de edad y que eso debía tomarse en cuenta. El tema de conversación cambió abruptamente.
En la comisaría, Manuela fue esposada a una banca. Por eso y porque seguramente no tenía cabeza para pensar en nada más, no participó de pie en el minuto de silencio que se les brindó a los muertos por el tsunami en el sureste asiático. La víctima del robo fue llamada a testificar. Manuela ni la miró cuando pasó frente a ella. Se concentró en observar distraídamente sus zapatillas tenis con las que no tuvo oportunidad de echarse a correr.
-Bon chance, fue lo último que escuchó de los labios de la frustrada víctima del día.
La verdad era que Manuela la iba a necesitar.
Barcelona, 8 de enero 2005.
* Crónica presentada en el Máster de Periodismo BCNY.
