PERFIL. Vivir se escribe en pasado - La historia del Guille*
Por Yadira Hidalgo
Tiene la sonrisa macarra, la piel pegada al hueso y la mirada de los que lo han visto todo y han salido vivos para contarlo.
Después de 22 años enganchado a la heroína, Guillermo P. M. lleva escrita en la cara la historia de su vida. Raspones frescos y otros con la sangre ya seca pueden verse en su frente y barbilla; pero lo que resalta a primera vista es la profunda cicatriz que serpentea por el tabique nasal. Se la hizo al caer de una motocicleta cuando iba rumbo a una fiesta con un amigo. Cuenta que lo dieron por muerto y que estuvo diez días en coma. “íbamos colocados”, recuerda.
Pero las heridas no quedan ahí. A sus 41 años, Guillermo tiene sólo un diente propio, ha perdido todos sus trabajos y tiene VIH. Entre los adictos que frecuentan los barrios de Porta y Prosperitat en Barcelona es de los más viejos, pues la mayoría de sus contemporáneos han muerto de sida o de sobredosis. En ese sentido él es un sobreviviente.

Guillermo comenzó a consumir a los 17 años cuando era un punki. Fue en El Boira, un antiguo pub de Sant Gervasi. “Me puse muy malo la primera vez que me inyecté, pero aunque suene contradictorio es un malestar que te gusta. La verdad es una desgracia saber tanto de este mundo”.
Todo lo que sabe Guillermo, recuerdos alegres y no, van asociados al consumo de drogas. De su infancia tiene imágenes vagas de momentos rutinarios y sin mucho significado. Sus padres los dejaron a su hermano y a él, con sólo un mes de nacido, al cuidado de su abuela en León para ir a trabajar a Francia. A los 8 años y muerta la abuela, la familia se trasladó a Barcelona. Desde entonces Guillermo vive con sus padres, con quienes lleva una relación tirante, pero estable.

Cuando adolescente, a principios de la década de los 80, Guillermo y sus amigos vieron cómo España se abría al rock y cambiaban las cosas. Asistieron a los conciertos de Los Ramones y Motörhead en el Palau Sant Jordi, mientras escuchaban a Tequila y a los Sex Pistols, por mucho, el grupo favorito de todos ellos. “Un poquillo era imitar lo que veías, las letras de las canciones. A mí me encantaba el Sid Vicious, él era el emblema de los punkis. Vive de prisa, no te preocupes por nada…” recuerda con nostalgia. Ahora Guillermo cree que el punk es un negocio como cualquier otro, un fraude, “porque en una anarquía así, no se puede vivir”, resume.
En esos años, además de la heroína, Guillermo probó todas las drogas a su alcance pues había más facilidad para conseguir sustancias como Tranquimacín, Roynol, Transilium 50, anfetaminas, Sosegol, Pentazocina y metadona líquida, además del hachís, los tripis, todo tipo de analgésicos y la cocaína. Para hacerlo no tenía más que falsificar una receta de la Cruz Roja, la fotocopiaba, la rellenaba, hacía una firma y se iba a cualquier farmacia.
“Nunca tuve ningún problema, además no era costoso. Ahora han quitado toda esa medicación y ya sólo se consume heroína y cocaína”.
El estar liado a las drogas ha hecho de la vida de Guillermo una contradicción que va de largos periodos de ocio y letargo, a momentos de caótico acelere. A la cárcel Guillermo ha entrado cuatro veces, en la primera por una multa, lo hizo con mucho miedo y preocupación por sus padres que acabaron enterándose de su adicción. Las otras tres, debidas a robos y venta de droga, las pasó sin más. “Lo malo de la cárcel es que cuando le pierdes el respeto ya lo tienes todo perdido. Sales y ya no te importa entrar otra vez”.
Al igual que sus recuerdos, sus relaciones afectivas también han estado marcadas por la droga. Su amigo más querido, Manolo, consumidor como él, murió de sida hace 15 años cuando aún no había tratamientos efectivos contra la enfermedad. Desde entonces Guillermo dice que no ha vuelto a tener amigos.
De sus amores recuerda especialmente a dos chicas con las que vivió y a las que quiso mucho, “pero la droga confunde”, dice después de reflexionar un poco, “puedes empezar una relación y después te das cuenta que la droga te está engañando. En este mundo el amor se confunde y tener relaciones sexuales es muy fácil, no quiero decir que ellas sean unas putas, pero la droga enmascara mucho los sentimientos”.
De sus antiguas compañeras Guillermo sabe poco. Una ha quedado ciega debido a un fuerte tratamiento contra la hepatitis C y a la otra la ve de vez en cuando por el barrio. Sabe que sigue consumiendo.
La vida de Guillermo se escribe en pasado porque su presente no le entusiasma mucho. “En un día normal consumo, estoy un ratito y pa’ casa”. A veces participa en el Recoge, un programa de recolección de jeringuillas usadas que organizan los del Centro de Salud del barrio de Prosperitat, con lo que se gana unos 15 euros y hace su parte, pues dice que no le gusta ir por la calle “y ver hecho todo una guarrería”.
Actualmente, Guillermo dice que sus consumos son una manera de relacionarse con la gente y matar la soledad, pues la droga le da “un bienestar que no puedo explicar con palabras”, dice. Considera que los últimos años de su vida han estado cargados de frustraciones además de muchos monos (dolores y malestares causados por la falta de droga) y sobredosis. “Esa es la vida de un toxicómano”, asevera. Sin embargo el futuro le preocupa. Guillermo está en espera de entrar a trabajar en el aeropuerto. “Si encontrara trabajo sé que dejaría todo. Si ahora mismo me saliera un trabajo ¡se acabó!
- Y después?
“nada, a seguir viviendo”, dice sin mirar a ninguna parte.
* Perfil presentado en el Máster de Periodismo BCNY. 2005
