Por Yadira Hidalgo

Terminó de desangrarse en la cuneta. Según el forense, el deceso ocurrió alrededor de las cuatro de la madrugada. Eran las nueve cuando lo subieron a la camilla. El frío de la mañana helaba la piel, los ojos del difunto, la sangre: estaban abiertos.
_ No pude cerrárselos_ dijo después el más joven de los paramédicos, quien temblaba a causa del frío y de las recientes enociones vividas gracias a su nuevo trabajo.
_ Sí... sí las ví. Eran unas manchitas bien curiosas... ¿que qué eran?, parecían lunares... y sí, yo sé de gente que tiene lunares en las pupilas...
El silencio de la morgue, tan total como el de sus ocupantes, se rompe de repente. Los pasos apresurados del médico forense invaden prosaicos, el recinto. Igual de apresurado, engulle los últimos pedazos de su hamburguesa y se relame los dedos listo para comenzar a trabajar. Limpiando los residuos del almuerzo en su bata, se acerca al cuerpo.
La mirada sin vida le impresiona menos que la herida hinchada y certera en la garganta. "Ha sido un buen tajo", piensa. Entonces las ve, en el fondo de los ojos, a media mirada. La regularidad de su forma y la exacta posición en ambas pupilas, despiertan su curiosidad.

Del cajón a su derecha extrae un lente de gran aumento y con ojo clínico comienza la primera revisión del día. Lo que ve lo turba, lo inquieta, lo vence: allá, en el fondo de aquella mirada inerte, otros ojos le observan y le sonríen.

* Publicado en el suplemento ZONA E del periódico Imagen. Veracruz, Ver. 20 de Junio 2005.